Pasando los límites (Crítica-Feelgood)

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Cruzo desde anoche los dedos para no encontrarme con un Edu como el de Feelgood en mi vida. Mejor será que los jefes de comunicación del mundo no vean esta obra de Alistair Beaton…o sí, porque a veces no es malo verse desde fuera, o ver, al menos la imagen que de uno tienen los demás.

Feelgood en su planteamiento me recordó mucho a Desclasificados, la obra que cerró el apartado teatral en el Festival de Teatro de San Javier este verano. Un presidente de Gobierno a punto de dar la cara, allí en una entrevista aquí en un discurso frente a los miembros de su partido. Todo se tuerce cuando se descubre un escándalo que le involucra directamente y todo se tuerce aún más cuando una periodista se mete en medio dispuesta, atrevida ella, a hacer su trabajo.

Este texto se hizo en 2001 con el premio del diario británico Evening Standard, que se viene entregando desde 1973, y desde entonces se ha representado en 10 países, una lista a la que ahora se une España. Lo hace de mano de sus propios protagonistas, Fran Perea, Manuela Velasco y Jorge Bosch que coincidieron con Alberto Castrillo-Ferrer- aquí como director- en Todos eran mis hijos y decidieron sacar adelante el texto de Beaton.

El equipo del presidente al completo. Foto:Feelgood
El equipo del presidente al completo. Foto:Feelgood

Decía yo que Feelgood me recordaba a Desclasificados, pero esta es, sin duda, mucho más extrema. Todo se desarrolla en dos habitaciones de hotel, las que albergan al equipo del presidente y a Elisa, la periodista “entrometida”. En el improvisado despacho de Edu, el director de Comunicación del presidente, interpretado por Fran Perea, se reúnen, Max, un ministro-Jorge Bosch-, Marta, la asistente personal del presidente-Ainhoa Santamaria-, Álex, el escritor de sus discursos-Javier Márquez- y Simón, un guionista de televisión que viene a hacer más chistosas sus palabras-Jorge Usón.

Entre Edu y Álex intentan perfilar las palabras que el presidente dirá ante los miembros de su partido al día siguiente en su Congreso mientras en la calle miembros de una asociación ecologista protestan contra los experimentos transgénicos en los que el Gobierno está trabajando. A esto se unen las inesperadas e inapropiadas palabras de algunos miembros del partido en sus discursos y un vicepresidente atrapado en un tren averiado.

Edu intentando convencer a Elisa. Foto:Feelgood
Edu intentando convencer a Elisa. Foto:Feelgood

La situación se complica, aún más, cuando el ministro confiesa a Edu un escándalo alimentario que le involucra a él pero también al presidente. Pero aún hay más, una periodista lo está investigando y ha llegado demasiado lejos. Todo esto saca a la luz al Edu más descarnado, capaz de hacer lo que sea para proteger la imagen del presidente, llevándose por delante a quien sea y sea como sea.

Por otro lado está Elisa, la periodista que, a su vez, es la exmujer de Edu, algo que, lejos de amilanarle, le da más argumentos para conseguir su propósito, atacando sus puntos más débiles. Elisa, por otra parte, desencantada con la repercusión del periodismo, se ha de debatir entre seguir sus convicciones y sacarlo todo a la luz o dejarlo pasar convencida de que no logrará cambiar nada. “Aquí nadie dimite desde la Edad Media”, dice ella. “Nos siguen votando” dice él.

Destacan, a mi parecer siempre, los trabajos de Fran Perea y Jorge Bosch. Sí, Fran Perea, alejado, por suerte, de aquel atontado Marcos de Los Serrano que tanto le ha marcado de manera negativa. Da ganas de esperarlo a la salida y decirle cuatro cosas. Y Jorge Bosch, un ministro, homófobo, enchufado e intolerante, con el que no tienes más remedio que sonreír al oír las barbaridades que salen de su boca. Simpático es también el personaje de Ainhoa Santamaría y su repelente manía de introducir palabras y frases en inglés mientras habla. Manuela Velasco, correcta es su parte dramática, floja cuando su Elisa ha de ser graciosa. Los personajes de ambos guionistas muestran la capacidad de absorción del poder, aunque lo que haga este choque de manera frontal con lo que tu pienses.

Curiosa, y económica, es la puesta en escena, ya que los mismos muebles del despacho se reconvierten en habitación. Un despacho que, de manera curiosa, vemos en el tercer acto desde otra perspectiva. Y ese omnipresente James Brown y su, claro está, I Feel Good, que nos recibe al entrar al teatro mientras nos despide otra letra soñadora I believe, I can fly.

Feelgood a los ojos de un periodista te hace reflexionar sobre la capacidad real que este oficio tiene de cambiar algo en la sociedad. A los ojos de los demás, quizás se vean reflejados en esos que escuchan el discurso final del presidente-Carlos Hipólito-vacío de contenido pero muy bien escrito.

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