Por los niños raros (Crítica-El Intérprete)

El Intérprete, ganador del premio de la Unión de Actores y Fotogramas de Plata. Foto: Raúl Bernabeu

El Intérprete, ganador del premio de la Unión de Actores y Fotogramas de Plata. Foto: Raúl Bernabeu

No hace falta más que tres músicos y una presencia que se desborda desde el escenario hasta la última fila para que El Interprete revolucione cada teatro que pisa. Lo de Asier Etxeandía delante de una cámara o encima de un escenario ha sido y es siempre genial. Genial de genio.

En El Intérprete nos colamos en la habitación del Asier de 1984, cuando con solo nueve años cantaba contra un rincón de su habitación para escuchar el eco de su voz, como si fuera el cantante que quería ser, el actor que quería ser, el intérprete que quería ser. Aquellos a los que admiraba ya entonces, Madonna, David Bowie, Janis Joplin, Rolling Stones…se entrelazan con los malos recuerdos del colegio y el sonido, las voces y las canciones que provenían del otro lado de la puerta. Los de sus padres, sus voces, su música, su recuerdo.

El Intérprete comienza de una manera muy intensa e intimista, con esa Luz de luna dedicada a la madre que se fue, cantada sin micro al borde del escenario. Y como para que esto fluya es necesario que el público te responda, como hacen los coaches estos que tan de moda se han puesto y la gente se suelte, que mejor que hacerlo de pie y bailando. Por eso Tu te me dejas querer es el encargado de romper el hielo en el patio de butacas y de que manera. Ya está. Ya los tiene en el bolsillo.

Asier se pasea entre el público, perdón, entre sus amigos invisibles, esos para los que actua en su habitación. Les habla, les toca, se sube entre sus butacas, incluso comparte con ellos una botella de tequila. Se pasea desde el tango al cabaret-qué gran MC fue-, del pop al rock. Y te atrapa. Y te cuenta con voz de niño ochentero que mañana tiene que volver al cole, con esos compañeros que no hacen más que reirse de él, del niño raro. Mira, ¡qué igual los raros son ellos!.

En la habitación de Asier no se está nada mal. Porque él te maquilla los ojos para veas más lejos, porque te da un sombrero para que lo defiendas por muy ridículo que parezca. Porque en la habitación de Asier todos los sueños se cumplen. Porque lo único malo que te puede pasar allí es que te duelan las manos de aplaudir y la garganta de cantar. Y eso hace que sea una habitación dificil de abandonar.

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