Pasión fuera de norma (Crítica: Equus)

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Desde 1975  no habíamos tenido la oportunidad de ver representado Equus en España. La compañía ilicitana Ferroviaria ha vuelto a coger el texto de Peter Shaffer y ha hecho su propia versión de esta obra que logró aquel año el Premio Tony a mejor obra de teatro.

Ahora son Cesar Oliva Bernal y Jaime Lorente los que se ponen en la piel de Martin Dysary y Alan Strang en la última coproducción del Teatro Circo de Murcia, que ha modificado su patio de butacas para ubicar la acción en el centro. De este modo, el número de público se reduce a 300 y en su mayoría queda ubicado en gradas en un círculo en torno a los actores.

La historia de Equus es la del adolescente Alan Strang que llega a la clínica de Dysary tras haber cegado a seis caballos con un punzón. Ni la juez, ni sus padres, ni el propio Dysary se explican el porque Alan, amante de los caballos desde que era un niño, ha cometido esta salvajada, sobre todo teniendo en cuenta que él tampoco ayuda sino que se limita a  cantar canciones de anuncios cada vez que le preguntan sobre el tema.

Equus es algo más allá de la historia de un joven que siente fascinación por los caballos. Es una historia de confesiones y de pasiones o de la falta de ellas. Alan no sabe gestionar el mundo religioso en el que su madre le ha envuelto desde niño y del que no

Equus

Foto promocial. Foto: Joaquín Clares

puede escapar ya que su única conexión con el exterior es la televisión que ve a escondidas. Tras un primer contacto infantil con un caballo, Alan los convierte en su referente religioso. Los monta a escondidas canalizando a través de ellos una excitación sexual que se le prohíbe-ya sean los caballos o la religión quien lo haga- con los humanos. Es solo cuando es consciente de su propia sexualidad humana y su imposibilidad de desarrollarla cuando se rebela contra ellos.

La conexión con el público de Dysary es inmediata, desde el primer momento, cuando aparece a oscuras, hasta que se convierte en su cómplice al terminar la obra lamentando tener que arrancar a Alan de esa fantasía que le hace vivir con una pasión con la que ni él, ni el resto de mortales, se enfrenta a la vida. Es cuando vemos a Alan, por fin, sobre un caballo, clamando al cielo, en éxtasis absoluto, cuando terminamos de entender el porqué de su tormento en la escena más sobrecogedora de todas ellas.

La distribución circular ayuda a la sensación de pérdida y agobio del joven Alan, pese a que provoca algún problema de sonido cuando los actores salen de debajo de la cúpula del Circo, pese a llevar micrófonos.

La magnífica iluminación de Pedro Yagüe se convierte en otro de los protagonistas de Equus, compartiendo escenario con el resto de actores que forman el universo de Alan y que hacen las veces de humanos y de elegantes equinos tal y como Shaffer los imaginó.

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