Pou sentencia (Crítica-Sócrates)

Foto: Pepe H

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Publicado en La Verdad – 09/08/15.

Volvió el público del graderío del Parque Almansa a convertirse en pueblo. Hace dos años pueblo romano, ahora pueblo griego. Regresó José Mª Pou al escenario donde dos años atrás el Festival de Teatro, Música y Danza de San Javier le entregó su mayor galardón al terminar Fuegos, en la que figuraba como director. Coincidió entonces en la misma programación con Mario Gas, que vino a morir como Julio Cesar aquel año. Ahora con los papeles cambiados, Pou sobre el escenario y Gas detrás, traen otra muerte, Sócrates: muerte y juicio a un ciudadano.
En una escenografía del yeclano Paco Azorín se desarrollan las últimas horas del filósofo ateniense, un graderío semicircular de madera que acoge a sus discípulos y a sus enemigos. Sócrates asiste incrédulo a su juicio, plagado de cargos que sus acusadores no son capaces de defender cuando, de manera insistente, el filósofo razona con ellos. Corromper a la juventud, no creer en los dioses y proponer otros, son las acusaciones que pesaban sobre su cabeza. La sentencia ya la conocen, beber cicuta hasta que esta, poco a poco, le arrancara de una Atenas que condenó a uno de los más firmes defensores de una democracia que acabó con él y después con quienes le acusaron.

Foto: Pepe H

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Seis actores acompañan a Pou en escena, Carles Canut, Pep Molina, Borja Espinosa, Ramón Pujol, Guillem Motos y Amparo Pamplona, la única mujer, que interpreta a Jantipa, la esposa del filósofo, que recuerda el nulo papel del sexo femenino en la sociedad ateniense. Comienzan la representación vestidos de forma idéntica, blanco inmaculado, mientras repasan algunos capítulos de la vida de Sócrates, color que cubren con túnicas más oscuras, cuando se meten en la piel de cada uno de los personajes. En los pies zapatillas deportivas, del mismo blanco neutro, excepto los pies del acusado que se pasean desnudos por el escenario. No olvida Pou recordar una de sus grandes luchas personales, los móviles, sin fotos, sin mensajes, sin luces azules que iluminen nuestras caras, por el teatro y por nosotros mismos, y sin toses, gracias.

En su mayor parte la obra está compuesta por monólogos, solo un primer enfrentamiento entre detractores y defensores y apenas un par de conversaciones de Sócrates, una con su acusador, Metelo, interpretado por Pep Molina, durante el juicio, incapaz de defender sus propias acusaciones, y una última, ya en prisión, con su amigo y discípulo Critón, al que da vida Carles Canut, que acude a ver al maestro para darle la fecha de su muerte y proponerle, por última vez, que intente escapar. Pero Sócrates, aceptó la sentencia que acabó con su vida como muestra de su respeto por las leyes atenienses que, según sus enemigos, no acataba.

El texto escrito, por Mario Gas y Alberto Iglesias, está armado con retazos de los libros de su discípulo Platón y de Diógenes Laercio, ya que el filósofo no creía en la palabra escrita y no plasmó sobre papel ninguna de sus enseñanzas.

La representación solo se vio interrumpida por el aplauso que el público dedicó al monólogo de Jantipa, en el que retrata a un Sócrates esposo y padre, tan capaz de razonar en las plazas con otros hombres sabios como de hacerlo con su propio hijo tras una discusión doméstica. Pamplona, junto con Motos alternó este papel con el de justicia ateniense, que dirige un juicio en el que el filósofo fue condenado por una pequeña mayoría, eso antes de que propusiera una alternativa a su castigo que enfadó al jurado y le mandó a tomar la cicuta. “He sido soberbio” se lamentaba Sócrates en su celda recordando su juicio y dudando, por un momento, mandar al garete las leyes de su ciudad que tan injustamente iban a acabar por su vida.

Pidió consejo para tomar la cicuta, como el que lo pide ahora para degustar un plato de esos cocineros de tropecientas estrellas Michelin, para morir de la manera adecuada, paseando primero, para que el veneno circule y esperando después acostado a que haga su mortífero efecto. El silencio se apodera del público antes de que Sócrates cierre los ojos por última vez antes de dar un recado a Critón: “Le debemos un gallo a Asclepio”. El público en pie. Pueden encender sus móviles.

LaVerdad

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