Sí, señora (Crítica- Las Criadas)

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Foto: Pepe H

Publicado en La Verdad – 16/08/15.

En el invierno de 1933 la ciudad francesa de Le Mans se despertó un día siendo el escenario de un crimen sin explicación. Dos hermanas, Christine y Léa Papin, habían asesinado a la señora a la que servían y a su hija sin razón aparente. Las criadas esperaron aquella noche la llegada de los gendarmes acostadas y abrazas en la cama. El móvil del crimen se debió, según ellas, a una discusión con la señora por un cortocircuito producido en la casa a causa de una plancha estropeada. En el juicio ni ellas ni el señor supieron dar una explicación más allá de esa, una aparente buena relación hacía difícil excusar el asesinato, sin embargo, se dice que la señora no hablaba con las criadas y se limitaba a comunicarse con ellas a través de notas manuscritas y a comprobar con un guante blanco si la limpieza era correcta. Ambas fueron condenadas, una al exilio y la otra a permanecer encerrada en un manicomio donde falleció al negarse a comer.

Foto: Pepe H

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El autor Jean Genet se inspiró en este crimen para escribir su obra Las criadas, haciendo que se siga hablando sobre la historia de las Papin cada vez que se representa este texto del dramaturgo francés, que escribió estando en la cárcel donde pasó parte de su vida acusado de robos, falsificación de documentos y otro sinfín de acusaciones.

La obra, estrenada en Francia en 1947, llegó a España 22 años después con Nuria Espert, Julieta Serrano y Mayrata O´Wisedo. Este año, de mano de Laboratorio Tabatha llega a la Región a través de una coproducción con el Festival de Teatro, Música y Danza de San Javier. Bajo la adaptación y dirección de Esther Ruiz, se estrenó el pasado viernes en el Parque Almansa con Zaida Bravo y Laura Miralles como las criadas y Eva Mataix como la señora.

Foto: Pepe H

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La acción transcurre en la impresionante alcoba de la señora, cuya estancia en el escenario es escasa, pero su presencia flota sobre la función de manera constante. Una habitación en la que solo están presentes dos colores, el blanco y el negro, el bien y el mal representados de esta manera en suelos, muebles e incluso el vestuario. Y el rojo, el color de la pasión, “el color del crimen”, dicen, en modo de vestido, de entre todos, el preferido de las tres. Clara y Solagne matan el tiempo como pueden en ausencia de la señora, su pasatiempo favorito: hacerse pasar por ella, imitarla en sus ademanes, en su manera de tratarlas, de cuidarlas, de humillarlas. Una relación de admiración y desprecio, de amor y odio, filial y traidora, que perturba a las dos jóvenes hasta hacerlas olvidar quien es quien. La señora está sola en la casa porque ellas urdieron un plan en su buhardilla para que el señor acabara entre rejas, pero una inesperada llamada les anuncia que las pruebas son consideradas insuficientes para el juez y que está en la calle. El anonimato bajo el que actuaron está en peligro y han de pensar cómo actuar antes de ocupar el sitio del señor en la cárcel.

Foto: Pepe H

Foto: Pepe H

Clara y Solagne encuentran en este juego de interpretación la vía de escape a su sometimiento. Genet plantea un juego de espejos en el que las criadas son constantemente confundidas por sus jefes, donde ellas se hacen pasar por la señora en cuanto esta se da media vuelta, llevando al espectador a no saber, en ocasiones, si lo que ocurre sobre el escenario es real o forma parte del juego. No quería el autor que su texto fuera un alegato sobre la situación del servicio de la época, sino un espacio donde reconocerse en uno u otro personaje desde la oscuridad y el anonimato del patio de butacas. En él, el público, no tan numeroso como en anteriores ocasiones, brindó una única tanda de aplausos a esta representación que se percibió lenta para el espectador. Un texto que, si bien los que saben de esto tachan de “complicado”, se hizo por momentos difícil de terminar de comprender.

El suelo sobre el que transcurre la acción es un damero, un reflejo del tablero de ajedrez que permanece junto al diván de la habitación y en el que la señora juega una partida contra sí misma. Una lucha entre el blanco y el negro, el bien y el mal. Una habitación repleta de maquillajes, de lujosos vestidos y de flores que intentan embellecer una estancia testigo de nuestros más bajos instintos.

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