Cuidado (Crítica-Invernadero)

Invernadero

“Invernadero” abrió la programación del Teatro Romea. Foto: Ros Ribas

6457 y 6459 son dos números más para los encargados de velar por la salud de los internos en el Invernadero de Harold Pinter. El primero ha muerto, y aún varios días después algunos ni se han enterado. La segunda ha tenido un bebé y todos se preguntan quién es el padre, porque cualquiera podría serlo. 

Con Invernadero se iniciaba la nueva temporada del Teatro Romea, una temporada de transición que ya trae nuevos aires. No sabemos muy bien que es este Invernadero, ¿una casa de reposo?, ¿un manicomio?, ¿un centro experimental camuflado?. Los empleados parecen más preocupados de sus propios problemas que de atender a estos internos de los que desconocemos su mal, más allá del de estar ahí encerrados. Cuidan, dicen, de ellos para que “recuperen la confianza”, pero aspiran a ni siquiera tener que salir de sus despachos para hacerlo.

Los empleados de Invernadero. Foto: teatroinvernadero.com

Los empleados de Invernadero. Foto: teatroinvernadero.com

Roote, interpretado por Gonzalo de Castro, el jefe de todo esto, devoto absoluto de sus antecesores en el cargo, se la pasa más preocupado por los regalos navideños que debe recibir, mientras despacha con su subalterno, Gibbs, al que da vida Tristán Ulloa, de sonrisa eterna, inquietante e inexpresiva, como su manera de hablar, sí, señor, monótona y robótica, capaz de desquiciar al más pintado. Se les suma Lush, que toma fantástica forma en la piel de Jorge Usón, para completar el trio. Lamb, Carlos Martos, el único empleado “no profesional” al que vemos, peca de entregado a la causa y deja, sin duda, las imágenes más impactantes. Cojea el reparto en el aspecto femenino con Isabelle Stoffel, cuyo duro acento alemán le resta sensualidad a la exuberante Srta Cutts.

El escenario giratorio se divide con puertas y paredes enrejadas sobre las que podemos ver los números de los internos, internos sin nombre. Sus gritos y lamentos se entremezclan con los villancicos que suenan más macabros que nunca.

Espeluznante la devoción de los empleados de este Invernadero a su trabajo y a sus jefes, pese a que sus fines sean los más deleznables. Lleven cuidado, ya lo dice Mario Gas, el director, en el programa de mano, no dejen que las luces de los adornos no les dejen ver más allá y terminen como Lamb.

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