Reyes y Reina (Crítica-Reikiavik)

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Ni siquiera saben jugar al ajedrez, a veces se encuentran, a veces no, en un parque y juegan a jugar al ajedrez. No saben las normas pero la historia del Campeonato Mundial de Ajedrez de 1972 les ha atrapado. Uno se pide, como los críos, a Bobby Fischer, el estadounidense excéntrico, el otro a Boris Spassky, el ruso experimentado.  No les hace falta saber nada más el uno del otro, ni conocer su nombre. A Fischer y Spassky tampoco les hubiera hecho falta nadie más.

Uno de ellos está enfermo, es, quizás, el único detalle personal que se permiten, y anda en busca de un heredero que continúe con el juego. Quizás puede ser ese muchacho con pocas ganas de ir a clase a pesar de tener un “examen global final oral” en el que se juega el curso.

César Sarachu y Daniel Albaladejo son Waterloo y Bailén, Fischer y Spassky. Juan Mayorga, a los mandos del texto y de la dirección, apenas les da cuatro o cinco elementos de atrezzo para que jueguen, para que además sean Kissinger, o Ney, el amigo que juega al tenis con Spassky, o Walt Disney, o los niños que despiden al ruso en el aeropuerto, o su mujer, o Lombardy,  el cura que acompañaba a Fischer, o su madre…la de Fischer, no la del cura. Todo a un ritmo frenético, quita gafas, pon gafas, quita sombrero, pon sombrero. ReikiavikSobre el escenario se pasean más de 20 personajes a los que vemos en la piel de los dos actores, aunque sea un tipo como Albaladejo poniendo voz aflautada mientras bate unos huevos imaginarios, no, es la madre de Fischer en bata en la cocina de su casa…¿también ustedes vieron la bata, no?. Alrededor revolotea el Muchacho, o la Muchacha, que más da. Primero incrédulo ante lo que ve, poco a poco se enreda en la historia, es árbitro, es azafata, es hasta un reloj. ¿Quién dice que sea un personaje secundario? Hoy juegan para ella.

Reikiavik es una lección de interpretación. Sin artificios, sin efectos especiales, ni maquillajes imposibles. Solo la voz, un cuerpo y la imaginación del que se sienta enfrente.

Fischer se presentó en Reikiavik como “el aspirante”, Spassky era el campeón a batir. Aunque realmente se tenían que batir a sí mismos. La vida de ambos no fue igual después de aquel campeonato. El primero no volvió a jugar de manera profesional, el segundo dejó de ser el héroe nacional que era cuando voló a Reikiavik. Ellos solo querían jugar al ajedrez.

Lugar: Teatro Circo Murcia

Fecha: 20 de febrero de 2016

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