La fuerza de la vida (Crítica-La fuerza del cariño)

La fuerza del cariño 2

Lolita, Marta Guerras y Antonio Hortelano en un momento de la representación. Foto:PepeH

La del domingo no fue la noche de Lolita. Quienes la hemos visto en otras, como La Plaza del Diamante o Fedra sabemos, de sobra, que la mayor de los Flores las tiene mejores, mucho mejores, espléndidas. En esta representación de La fuerza del cariño no pudimos ver a la Lolita a la que estamos acostumbrados, se equivocó en innumerables ocasiones, aunque todo se le perdonara con el sketch que montó después de pelearse con un micrófono rebelde que no quería pegarse a su cuerpo. Achaquémoslo a un texto rápido poco asentado -se acaba de estrenar- porque fue en los momentos dramáticos donde, entonces sí brillaba Lolita.

Magüi Mira dirige y versiona el texto de la novela de Larry McMurtry que llegó al gran público allá en el 83 y que ganó el Oscar y el Globo de Oro a Mejor Película aparte de sendos galardones para Shirley MacLaine y Jack Nicholson. La adaptación respeta en parte, aunque también reduce la historia. Aurora y Emma son madre e hija que viven en un continuo ni contigo ni sin ti, en el que Aurora la somete a un control férreo que no abandonará ni cuando esta se case con Flap. A su vida de triste viuda llega Garreth, un vecino astronauta que pone su vida patas arriba. El intercambio de alocados diálogos acaba cuando llega a casa la peor de las noticias.

la fuerza del cariño

La noche de bodas de Emma y Flap. Foto: PepeH

Lolita da vida a Aurora, la madre viuda, destacó, como decíamos en los momentos dramáticos, aunque no desmereció los cómicos, pena los errores. Junto a ella Marta Guerras, como Emma, su hija, divertida hasta decir basta, se lleva de calle sobre todo esta parte de la función, diálogos que suelta como una metralleta con una perfecta dicción aún enredada en un pomposo vestido de novia, parte del vestuario que firma Lorenzo Caprile. No es nuevo, ya nos enamoró en La comedia de las mentiras hace dos años. Las acompañan Antonio Hortelano, como el imbécil de Flap y Luis Mottola como el astronauta creído que hace despertar a Aurora de su letargo, y cómo no, con ese acento argentino. El resultado total, sin embargo, es una obra rápida en exceso (dura 40 minutos menos que la película), y a la velocidad interna de las escenas se suma el paso rápido de una a otra que impide la empatía con el final de los personajes.

La fuerza del cariño es la historia de la vida, de cómo, de golpe y sin previo aviso, te pega un bofetón que te pone en tu sitio y tú ni te enteras.

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