Una vida en 3 horas (Crítica-La casa de los espíritus)

El Auditorio Almansa abrió sus puertas después de dos años al teatro y con ganas, ya que lo hizo con la adaptación de La casa de los espíritus, de Isabel Allende, de 3 horas y media de duración. A las puertas de una ola de calor y con mascarilla 210 minutos de teatro al aire libre se pueden hacer complicados si lo que vemos en el escenario no vale la pena, pero en este caso conforme avanzó la trama nos fuimos olvidando de lo externo para concentrarnos en lo que pasaba en casa de los Trueba del Valle.

Carme Portaceli y Anna María Ricart han adaptado el texto de la novela de Isabel Allende para 10 actores capitaneados por Francesc Garrido y Carmen Conesa en la piel de Esteban y Clara Trueba. Ellos son de los pocos que no se encargan de encarnar a varios de los personajes que, dirigidos por Portaceli, forman parte de esta familia a lo largo de toda una vida.

Esteban Trueba es el estricto y distante padre y marido de Clara y sus tres hijos, Blanca, interpretada por Inma Cuevas, en solo uno de sus papeles y de los gemelos Jaime y Nicolas, a los que dan vida Guillermo Serrano y David Fernández. Él y su nieta, la omnipresente Alba, Miranda Gas, nos relatan la vida de la familia, sus amores prohibidos, sus complicada convivencia, su relación con el más allá y sus implicaciones políticas. Él fue el joven pretendiente de la hermana que Clara que falleció al tomar por error un veneno dirigido a su padre, 10 años más tarde regresa y se casa con Clara quien poco después pierde a sus padres y se convierte en madre de tres niños, Blanca y los gemelos Jaime y Nicolás. Blanca se enamora de un joven campesino, una relación que su padre no ve con buenos ojos al ser él comunista y pobre siendo Esteban senador del partido conservador.

Todo se desarrolla sobre un mismo decorado realizado por Paco Azorín, unas cuantas sillas y una mesa que nos trasladan a la casa de la hacienda de este patrón chileno, a los campos donde trabajan los campesinos, al despacho de Allende o a una sala de torturas de Pinochet.

Excepto Garrido, Conesa y Gas el resto de actores interpretan a varios personajes, solo con un cambio de ropa o de accesorios pasan de ser abuela a nieta, de pretendiente a enemigo o de hermana a prostituta, en el caso de Gabriela Flores que pasa ser Férula a Tránsito y de Tránsito a Férula con tanto acierto que parece hasta otra persona diferente. Por todos pasan los años, sobre todo en el caso de Esteban Trueba, al que Francesc Garrido da vida desde que es el joven pretendiente de la hermana de su finalmente esposa a un anciano que no se puede desplazar sino es con su bastón.

El público despidió en pie esta primera cita en el Auditorio tras dos años de ausencia del Festival que ha regresado con una programación reducida en cantidad pero no en calidad y con unos alrededores en obras que se han encargado de decorar para hacernos olvidar de lo que pasa fuera, una vez más.

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