La fábrica de nuestros sueños (Crítica-Charlie y la fábrica de chocolate)

Sinceramente, no me llamaba nada la atención ver el musical de Charlie y la fábrica de chocolate. No estaba segura de si la elección de Edu Soto era justificada o un reclamo, el recinto, que es una carpa y el recuerdo tan cercano de la maravillosa fábrica que creó Tim Burton en el cine me hacía pensar que aquello no había por donde cogerlo. Pero allí me planté, no por iniciativa propia y con la mosca detrás de la oreja.

Charlie y la fábrica de chocolate no se representa en un teatro, sino en una carpa instalada en el Espacio Delicias, en Madrid, justo al lado del Museo del Ferrocarril. Allí estábamos mis prejuicios y yo helados de frio pensando que como no estuviera bien acondicionado aquello iba a ser inolvidable. El exterior de la carpa representa el exterior de la fábrica de Willy Wonka y nada más traspasar sus puertas empieza la magia y me callan la boca. El espacio está muy bien preparado, hay photocall, butacas, un suelo que aísla del frio cesped artificial del exterior, un escenario grande, orquesta en directo, hasta telón y baños propios, vale, igual no va a estar tan mal.

La casa de Charlie. Foto: Lets Go

Charlie y la fábrica de chocolate, escrito por Roald Dahl, es la historia de Charlie Bucket un niño muy pobre que vive con su madre (en esta versión el padre ha fallecido) y sus abuelos. Charlie tiene una especial conexión con su abuelo Joe que le cuenta anécdotas de cuando trabajaba en la fábrica de chocolate de Willy Wonka. Unos días después de su cumpleaños consigue ganar uno de los billetes dorados que el señor Wonka introduce en cinco chocolatinas que son el pasaporte directo al interior de su fábrica para una visita única de la que saldrá un ganador que conseguirá chocolate gratis de por vida.

Comienza la función y la primera sorpresa es que no actúa Edu Soto, días después vi en sus redes sociales que había estado enfermo, así que ocupa su lugar uno de sus covers, Alberto Scarlatta. En la primera parte de la función conocemos cómo es la vida de Charlie en el remolque en el que vive con su familia y su aventura hasta conseguir uno de los billetes dorados que le dará acceso junto a otros cuatro niños más a la fábrica. Charlie en esa ocasión fue interpretado por Rafael Mata sobre el que recae todo el peso de este primer acto, es su primer trabajo profesional pero no se le puede poner ningún pero, sobretodo por la ilusión que transmite. A estas alturas el tema de la escenografía también me había convencido, la caravana de los Buckett, la tienda de golosinas o los respectivos ambientes en los que conocemos al resto de ganadores me hacen olvidar mis prejuicios. A Charlie lo acompañan en esta parte su madre, a la que da vida Ana Dachs, y sus abuelos, destacando al abuelo Joe, interpretado por Esteban Oliver.

Cada ganador tiene su propio número de presentación. Foto: Lets Go

La segunda parte comienza después de que hayamos conocido a todos los ganadores y hayan entrado a la fábrica. Hay algo que puede descolocar a alguno que otro y es que los otros cuatro ganadores no están interpretados por niños. Guillermo Quinto, como Augustus Gloop, el niño glotón que es el primero en caer, Nicole Quiala, la más joven de todos los niños, interpreta a Violet Bauregarde, la diva del chicle que, con su ansia por mascar todo lo que se le pone por delante terminada hinchada por probar un chicle en desarrollo, Marta Melchiorre da vida de nuevo a Veruca Salt, ya lo hizo en la versión italiana y además podemos disfrutar de sus dotes como bailarina, algo que el personaje original no es, como tampoco es acróbata Mike Teavee al que da vida Álex Arce que, por muchas veces que lo hayas visto, no deja de sorprenderte cada vez que despega los pies del suelo y que termina convertido en una miniatura dentro de una televisión. Todos ellos van acompañados de sus padres o madres, la Sra Gloop, a la que da vida Malia Conde, que también interpreta a la abuela Josephine, el estirado Sr Salt, al que da vida Víctor Díaz, Juan Dos Santos como el padre de Violet con más flow y Begoña Álvarez, una divertidísima Sra Teavee que no tiene más opción que recurrir a su petaca para aguantar a su gruñón e incontrolable hijo. Que los niños no sean en realidad niños actores puede que a algunos los haga salirse de la historia, no fue mi caso, desde el primer momento compré esta fórmula para darle vida a los compañeros de Charlie que también se ha usado en Italia, Australia o Broadway. Tampoco faltaban los trabajadores Oompa Loompa, que tienen su propio número en el que conocemos su historia, con su clásica canción a las que se suman las canciones originales del musical original de Londres compuestas por Scott Wittman y Marc Shaiman.

El resto de la historia transcurre por completo dentro de la fábrica que Willy Wonka va enseñando sala por sala a sus visitantes. La sala con el rio de chocolate, la sala de la televisión, la de las ardillas, quizá una de las más complicadas y que se resuelve muy bien, así hasta llegar al ascensor de cristal que… no estaba. Supongo que estaría estropeado y no pudimos disfrutar de una de las mejores escenas del musical pero se salvó haciendo a Charlie subir por unas escaleras, que es lo que se hace cuando el ascensor no funciona, este Wonka que lo tiene todo pensado.

Así que, ¿me gustó?. Sí. Me gustó bastante y lo recomiendo para todos los amantes de la historia y de las dos películas que se han hecho. Habrán versiones más espectaculares del musical pero esta, la misma que en Italia, cumple con sobrada solvencia traer a la realidad el imaginario de Dahl y del señor Wonka.

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